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miércoles, 28 de abril de 2010

LA CENA

Hola vieja, mira lo que te traje. Está bonito, ¿no?
—Ajá.
—Perdóname por lo de ayer. Ya sabes que me descontrola cuando llego a la casa y la comida no está lista.
—Ajá.
—Tu ojo ya se ve mucho mejor.
—Ajá.
—Bueno, sírveme la cena, pues. Al menos hoy sí la tienes preparada. Muy bien. Por eso te tengo que mantener en cintura. Si no lo hago, te volverías una salvaje.
—Ajá.
—Tú sabes que es por tu bien. Siempre fuiste una perezosa. Menos mal que me tienes a mí, que te vuelvo a poner en tu sitio para que aprendas.
—Ajá.
—¡A esto le falta sal! ¡Pero bueno, mujer! ¿Qué es lo que te pasa, que ni sabes ponerle suficiente sal a una comida? ¡Qué ineptitud, francamente!¡Pásame la sal, se la pondré yo!
—Ajá.
—¿Qué le pusiste a estos frijoles que saben amargos? Otra vez arruinaste la sazón, vieja. pero bueno, me los comeré; no me queda más remedio.
—Ajá.
—¿Y qué hiciste en todo el día? Seguro que viste todas las novelas de la tarde, ¿no? ¡Qué vagancia! ¿Al menos limpiaste la casa y lavaste la ropa?
—Ajá.
—Pudiste haberte puesto otra ropa para recibirme, ¿no crees? Yo estuve trabajando todo el día como un buey, y cuando regreso a mi casa quiero ver a mi mujer arreglada. ¿Entendiste?
—Ajá.
—Intenta arreglarte, aunque tú no tienes mucho arreglo que se diga. ¿Te has visto al espejo últimamente? Estás gorda, arrugada y llena de várices.
—Ajá.
—Bueno, pero no me queda otra. Nunca serviste para nada más sino para abrir las piernas y luego parir niños.
—Ajá.
—Por cierto vieja, hoy te toca. Así que ya sabes.
—Ajá.
—Mira que luego no quiero excusas.
—Ajá.
—Eso de que te duele la cabeza o que no tienes ganas hoy no lo vas a poder usar conmigo.
—Ajá.
—Me voy a la cama y te espero, ¿entendiste? Y no te tardes, que de pronto me está entrando el sueño.
—Ajá.
—Recoge la cocina y me alcanzas. Y apúrate, ¿oíste? Mira que estoy cansado y mañana tengo que levantarme temprano para trabajar.
—Ajá.
—¡Vieja, ¿ya terminaste?! ¡Apúrate, que te voy a dar lo tuyo! ¡No me dejes esperando en la oscuridad! ¡Ven ya!
—Ajá.
—¿Pero qué es lo que pasa contigo? ¡Estás más lenta que nunca! ¡Termina de venir ya, que cada vez tengo más sueño…!
—Ajá.
—¡Pero cómo te tardas, mujer! ¿Qué tanto haces? ¡Ya casi me quedo dormido!
—Ajá.
—¡Al fin llegaste! ¿No pudiste tardarte más? ¡Espero que al menos la cocina esté limpia!
—Ajá.
—¿Acaso te vas a quedar en la puerta toda la noche? ¡Que vengas ya, te dije!
—Ajá.
—Qué sueño tengo… ¿Qué traes en la mano? ¡Acércate, que no veo bien!
—Ajá.
—¡Oye, tampoco tienes que correr! ¿Pero… qué es eso? ¡¿Un cuchillo…?!
—Ajá.



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miércoles, 21 de abril de 2010

ABRIL 1945

Todos los días se levantaba cojeando. Cojeando se alistaba. Cojeando iba calle abajo hasta llegar a su infeliz puesto. No le quedaba más remedio; le tocaba esa función aunque en el fondo la odiara con todas sus fuerzas. Había escapado de la muerte perdiendo medio pie en batalla, y después de recuperarse mediocremente en el hospital militar, lo relegaron a ese trabajo ingrato. Detestaba tener que vigilar a esos hombres iguales a él, que pensaban como él, cuya única culpa fue haberse manifestado en contra del régimen. Les tenía aprecio porque sabía que hacían algo bueno. Compartía con ellos su comida, cigarros y aguardiente. Los mantenía encerrados porque ese era su papel; pero les hablaba y sobre todo, escuchaba lo que le contaban. Se hizo amigo de los detenidos; ellos sabían que podían confiar en él. Tuvo problemas con sus superiores por su trato con ellos. No traicionó a ninguna de las dos partes; escuchaba y callaba. Cuidó a los reclusos durante largo tiempo, hasta el día en que todo cambió. Entonces, los prisioneros salieron y lincharon a quienes los tuvieron encerrados. Uno a uno los mataron sin piedad. Cuando llegó su turno, alguien lo reconoció y lo dejaron ir. Volvió a escabullirse de la muerte ese día. Apurado, cambió sus ropas y cojeando calle arriba, regresó a casa. Más tarde supo que los presos habían acabado con todos. Con todos, menos con el carcelero.


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miércoles, 14 de abril de 2010

INTERCAMBIO

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil. Los jóvenes viajeros, que visitan otro país durante un tiempo algo más prolongado del que se suele dedicar a un simple viaje turístico, se convierten en embajadores de sus culturas y tradiciones en otras tierras que los reciben y, a su vez, amplían sus horizontes conociendo nuevos puntos de vista, valores y maneras de vivir. Todo esto contribuye al aumento de la tolerancia entre los pueblos: resulta más fácil comprender lo que se conoce, lo que se ha vivido. La experiencia propia en el aprendizaje vale más que todas las teorías del mundo.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil, emocionada porque iba a conocer gente diferente, lugares distintos, costumbres particulares que no guardan relación con las que ella practica. Estaba contenta de tener la oportunidad de enseñarles a los europeos algo de su cultura y su idiosincrasia. Sabía que aquel intercambio sólo podía ser positivo para ambas partes.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil con el alma llena de flores. Llegó allá entusiasmada, maravillándose por todo lo que descubría distinto de cualquier experiencia que ella trajera consigo y, al mismo tiempo, comentando las diferencias, grandes y pequeñas, con la patria que ella amaba tanto y de la que se sentía tan orgullosa.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil a vivir con una familia europea promedio. No pasaron muchos días y la muchacha se empezó a percatar de que las diferencias no eran sólo culturales; la manera de vivir la vida allá era otra. Aunque le encantaba todo lo que veía, extrañaba a su familia y los llamaba por teléfono, contándoles asombrada de aquel mundo paralelo que tenía la suerte de explorar.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y comenzó a vivir la vida normal de una familia europea promedio. Poco a poco se fue acostumbrando a la realidad cotidiana de aquella familia en una ciudad europea y se dio cuenta de que, en el fondo, todo lo que a ella le maravillaba tanto, era tan sólo la manera más natural de vivir la vida, no únicamente en Europa, sino en cualquier lugar del mundo. No hacía falta racionar la electricidad ni el agua porque las industrias, la infraestructura y los equipos correspondientes estaban a cargo de personas responsables que se ocupaban de su debido mantenimiento, además de que la gente había sido educada desde siempre para amar la naturaleza y no despilfarrar los recursos naturales.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y fue cayendo en cuenta de que la calidad de vida normal de aquella familia promedio en esa ciudad europea estaba muy por encima de lo que ella había vivido siempre en su querida patria. De pronto se sintió segura caminando por las calles a cualquier hora del día, sin la paranoia de que le fueran a arrancar la cadenita, los zarcillos o el reloj. Le comenzó a parecer obvio que podía regresar de noche sola a casa sin temer ser asaltada o violada. Ya no se asombraba de que los servicios públicos funcionaran bien, esa era la manera en que debía ser y no otra. Cuando visitó a su profesora que acababa de tener a su bebé en el hospital público, pensó que se trataba de una clínica privada, pero no le costó entender que en otros países se le da prioridad a la salud.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil con una familia promedio tomando clases en una escuela pública a la que asistían todos los muchachos del vecindario, excelentemente dotada de recursos y donde recibían la mejor educación en un ambiente positivo y agradable. Todos los días iba y regresaba de la escuela en bicicleta por calles limpias y sin huecos, sin temer ser atropellada por algún conductor que no respetara una luz roja o que manejara contra el tránsito. Al cabo de muy poco tiempo esto también le pareció natural.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y le gustó mucho vivir la vida normal de una familia europea promedio. Se dio cuenta de que nadie le preguntaba sobre su postura política y que a nadie le interesaba cuánto dinero ganaban sus padres ni dónde vivían. Más bien querían saber qué tenía pensado hacer en el futuro, cuáles eran sus metas y sus ideales. Se percató de que la gente allá tenía tiempo para ocuparse del ambiente, la política, la ciencia y el arte, todo de manera seria, pero sin llegar a insultarse ni agredirse. Pagaban sus impuestos, trabajaban para su comunidad y hacían labores sociales por los menos afortunados. Y nadie se debía vestir de un color u otro para ello.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y aprendió muy rápido a vivir la vida normal de una familia europea promedio. Tenía acceso a todos los medios de comunicación y libertad para ver, escuchar o leer lo que quisiera. En la televisión nunca se encontró con programas interminables donde alguien hablara durante horas solamente por el placer de escucharse a sí mismo, interrumpiendo de manera sistemática la programación de todos los canales de señal abierta. De inmediato sintió el trato respetuoso con que los políticos se dirigían a la gente y se relacionaban entre ellos, concientes de que son ellos quienes sirven al pueblo y no al revés.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y disfrutó naturalmente aquella vida normal de una familia europea promedio, ayudando en casa en las labores del hogar. Cuando debía ir al supermercado, llevaba bolsos de tela para evitar usar bolsas plásticas que contaminaran el ambiente. Encontraba los anaqueles llenos de mercancía de toda clase; nunca faltaba nada, mucho menos los alimentos básicos. Por supuesto, eso le pareció lógico, como debe ser. También fue normal que nadie le preguntara su nombre, dirección y número de cédula de identidad a la hora de pagar por lo que compraba. Luego aprendió a reciclar para conservar el mundo en que vivimos todos, no sólo ella y su familia, y esto también era algo completamente natural.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y se dio cuenta de que prácticamente todos los padres de sus compañeros de clase tenían empleo y que muchos de sus amigos y amigas trabajaban durante el verano para ganarse un dinerito extra. La ciudad tenía una economía sana que contaba con producción propia e inversiones en industrias y servicios, haciéndola sustentable e independiente.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y aprovechó al máximo vivir la vida natural de una familia europea promedio. Un día llamó a sus padres y les preguntó qué hacían ellos en un país donde la vida diaria no era normal: “Por qué cuesta tanto trabajo intentar vivir bien y de manera decente allá?”, dijo. “No es normal pasarse la vida atormentados, con miedo, insultados, en una constante penuria, teniendo que luchar a brazo partido por hacer respetar nuestros derechos y por exigir cualquier cosa que debería estar a disposición a través de los impuestos que se pagan. No, eso no es normal”.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil y durante ese tiempo logró vivir, por primera vez, la vida normal de una familia promedio en cualquier lugar del resto del mundo civilizado. Abrió los ojos y el alma a lo que realmente era una vida normal, y a pesar de que en el fondo no quería regresar, tuvo que hacerlo. Aprendió una gran lección que recordaría el resto de su vida. Por su parte, el intercambio estudiantil fue todo un éxito.

Una jovencita venezolana se fue a Europa por unos meses en un intercambio estudiantil. ¿Y qué pasó con el estudiante europeo que iría a Venezuela a cambio de ella? Pues nunca fue, porque aquel país suspendió esa parte del programa debido al problema de la inseguridad...



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miércoles, 7 de abril de 2010

ESPERANZA

Los primeros rayos de sol en un frío amanecer de primavera sorprendieron a dos mujeres caminando por las calles de Jerusalén. Iban con prisa, nerviosas y apesadumbradas a la vez. Llevaban consigo esa mezcla de sentimientos que sólo conoce aquel que ha perdido a alguien muy cercano. Caminaban juntas, como de costumbre. Aunque desesperanzadas, caminaban con determinación, porque a pesar de sentirse devastadas, tenían una responsabilidad que cumplir. Y lo harían con el mismo amor de siempre.

Eran ellas Magdalena y María, dos de las mujeres que acompañaron a Jesús y sus discípulos durante sus años de ministerio público en Galilea. Habían preparado aceites y perfumes antes del sábado para ungir el cuerpo de Jesús crucificado y darle sepultura adecuadamente. Venían hablando de lo sucedido durante los últimos días, de lo terrible que era haber perdido a su Maestro y de qué les depararía la vida ahora que él ya no estaba. Se preguntaban si tan temprano habría alguien que pudiera ayudarles a correr la piedra que cerraba el sepulcro.

A medida que se acercaban al lugar del monumento, sus corazones volvían a rasgarse, deshilachándose violentamente por segunda vez en tres días. Al fin llegaron con su dolor y su pena al sepulcro donde José de Arimatea había colocado a Jesús envuelto en una sábana al bajarlo de la cruz. Cuando se acercaron, se percataron de que la piedra que sellaba la tumba estaba fuera de lugar. ¡Alguien la había movido! Pero… ¿quién?

Con una amalgama de gran asombro y miedo, las dos mujeres entraron al monumento y en medio de la penumbra encontraron sentados a dos hombres jóvenes con túnicas blancas resplandecientes. Al verlas entrar, uno de ellos dijo:
—Él ya no está aquí. Resucitó; no había nada para él en este lugar.
Las mujeres, aterradas, le escucharon con oídos sordos y sin poder articular palabra. ¿Quiénes eran ellos? Estupefactas, miraron a su alrededor intentando entender qué sucedía. Encima de una roca, cuidadosamente doblada, estaba aquella sábana que había envuelto al cuerpo de Jesús, pero no veían el cuerpo de su Maestro por ninguna parte. Sin dejar de mirarlas por un instante, el joven continuó:
—¿Acaso no buscan a Jesús de Nazaret, que fue crucificado tres días atrás aquí mismo, en el monte del Gólgota?
—Sí, es a él a quien buscamos, a nuestro Maestro. Vinimos a ungirlo y sepultarlo según las leyes —respondieron las mujeres al unísono—. Por favor, dígannos dónde está o quién se lo llevó —dijeron casi suplicando.
—¿Y por qué insisten en buscar entre los muertos a quien mora entre los vivos?
—Pero nosotras vimos cuando José el de Arimatea lo colocó en esta tumba hace unos días… Por favor, déjennos tomarlo de dondequiera que lo hayan llevado.
—¿Y dónde quedaron todas las enseñanzas de estos tres años? En Jesús se cumplió la profecía de que el Mesías sería entregado, le juzgarían, sufriría inmensamente, se le daría muerte y a los tres días resucitaría; recuerden cómo él mismo lo anunció tres veces en Galilea.
Con grandes ojos abiertos de par en par, Magdalena y María oían lo que el joven les decía, intentando comprender. Eran tantas las enseñanzas que habían recibido de su Maestro en ese corto tiempo, que tuvieron que hacer memoria. Al fin, Magdalena dijo:
—Recuerdo, sí, cómo habló sobre las profecías, cómo contó que sería muerto por nosotros, resucitando al tercer día y cómo nos prometió la vida eterna junto a él y nuestro Padre en los cielos. ¡Oh, María, todo se cumplió! —exclamó Magdalena, mirando a María con una expresión que combinaba algo de remordimiento con una felicidad infinita.
—Así es, Magdalena; lo que anunciaron los profetas sucedió palabra por palabra —dijo el joven, y dirigiéndose a ambas mujeres, prosiguió—: Jesús les enseñó que debían cumplir con las Leyes, creer en Dios, ser compasivos y amar al enemigo. El Mesías vino a salvarles de los pecados y con ello les prometió el reino de Dios. Recuerden también cómo les aseguró que no les abandonaría jamás. Su promesa es indeleble y fue sellada con la resurrección. No lo olviden, todo aquel que creyere será salvo. Vayan ahora con la esperanza renovada y den la buena nueva a los demás.

Así, con la fe renacida en la promesa de su Maestro amado, las dos mujeres salieron de aquel sepulcro quedando envueltas en los tonos naranjas y dorados más brillantes de cualquier amanecer que hubiesen visto jamás. Y en medio de la aurora, regresaron plenas de dicha y emoción por las mismas calles que horas antes habían recorrido sin esperanza alguna.


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viernes, 2 de abril de 2010

CAMINO AL CALVARIO

Camino al Calvario, un Jesús golpeado, herido y agotado veía a las multitudes curiosas que se acercaban para mirarlo de cerca. Muchos lo insultaban, algunos se compadecían y a muy pocos les dolía verlo cargando la pesada cruz en la que sería clavado. De pronto entre la gente, Jesús fijó la mirada sobre Ahmed, un hombre joven de grandes ojos negros que lo veía preocupado desde lo alto de un muro aledaño.
—Sígueme —le dijo Jesús al joven.
Por un momento, Ahmed pensó que el sol ardiente le estaba jugando una mala pasada, pero al notar los ojos de Jesús clavados insistentemente en los suyos, reaccionó. Sorprendido de que aquel tristemente célebre condenado a muerte le hubiese hablado, se abrió paso entre la muchedumbre, acercándosele.
—Señor, quieres que te siga… pero tú vas rumbo al Monte Calvario —le respondió aún desde la distancia, sin entender.
—¿Es que puede haber otro camino? —dijo Jesús, y prosiguió hacia adelante por la vereda pedregosa.
Aquella frase pronunciada por la voz cansada de Jesús resonó en los oídos incrédulos de Ahmed como un soplo de viento que rápidamente se convertiría en tormenta, haciendo que las piernas del joven lo llevaran instintivamente a su vera. Ansioso y conmovido, le dijo:
—Maestro, ¿qué puedo hacer por ti ahora? ¿No es demasiado tarde ya?
—Nunca es tarde para los puros de corazón como tú, Ahmed. Eres un hombre respetuoso de las Leyes, buen padre y esposo. Sígueme por la ruta de tu vida como lo has hecho hasta ahora, eso es lo que de ti espero.
—Pero Señor, ¿cómo he de acompañarte si cada quien tiene su propio destino? Tu camino ahora es el del sufrimiento. ¿No se supone que debemos buscar la felicidad?
—La felicidad y el sufrimiento son parte de la vida. Busca siempre la felicidad y sé consciente de su valor. Aprovecha también cada oportunidad que tengas de hacer feliz a tu hermano. Es la falta de amor hacia el prójimo lo que trae consigo su sufrimiento.
—¿Y por qué Dios te castiga así? ¿Acaso tu Padre no te ama?
—Dios nos ama y quiere que seamos felices. Dios no nos castiga, pero el sufrimiento es inevitable; las cosas malas suceden. Todo tiene una razón, pero Dios nunca nos envía dolor.
—Maestro, tengo miedo de sufrir.
—Todos temen al sufrimiento, Ahmed, a mí también me pasó. Tienes que aprender a aceptar que no eres perfecto. Pasarás por épocas duras y sentirás dolor, pero deberás enfrentarlo y sobreponerte a él.
—Si yo siempre he cumplido las Leyes, ¿por qué he de sufrir?
—Hay muchas cosas que nos hacen sufrir; ellas existen y nos salen al encuentro sin poder hacer mucho por esquivarlas. El sufrimiento es distinto para cada uno, pero el resultado es el mismo: ver a Dios. El dolor nos hace reaccionar y madurar, nos vuelve más fuertes y al mismo tiempo, más humildes. Los humildes de corazón son quienes moran en el Cielo.
—Si yo no soy orgulloso, ¿qué tanto deberé sufrir?
—Recuerda que todo sufrimiento es pasajero, pero la paz que te da Dios es eterna. ¿Acaso no viene la calma después de la tormenta? ¿No paren las mujeres a sus hijos con dolor? Después del intenso dolor de parto, la madre recibe al hijo y el hijo comienza la vida en esta tierra. El sufrimiento nos enseña a valorar las cosas que nos traen felicidad, pequeñas y grandes. Piensa en tu mujer, en tus hijos y en los puros de corazón. Mira el sol cómo lo llena todo con su luz. Mira el cielo azul intenso y el verdor de los campos. Mira los árboles en flor que llevan la esperanza de los próximos frutos y siente el alivio de la tierra cuando la lluvia la cubre.
—Entonces Señor, ¿qué debo hacer?
—Confía siempre en Dios, Ahmed. Nuestro Padre nos da fuerzas y valor, nos consuela, protege nuestras almas y nos salva en el sufrimiento. Recuerda mis palabras. Cumple las Leyes, cree en Dios, ten compasión y ama a tu enemigo. Siempre estaré contigo, no te abandonaré jamás. Y esta noche, cuando todo haya pasado, mira las estrellas. Allí estará mi Padre, velando por mí y por ti.
Dicho esto, Jesús tomó aliento, reacomodó la cruz sobre su hombro y siguió hacia adelante, caminando entre piedras y flores.


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